Cuando los días se convierten en una sucesión de poemas de Bukowski
sientes que algo debe de estar equivocado. El mundo o el reflejo del espejo. Da
lo mismo quien sea finalmente el asesino, tanto uno como otro se convirtieron
hace mucho en sospechosos habituales de los días de sombra y basura.
La maldición de la creación.
El precio pagado por querer inventar vidas ajenas y no sentirse
salpicado de esa melancolía, sin censura, libres de las leyes morales donde
poder cambiar las reglas. El cielo en el infierno y viceversa, a sabiendas que
cada uno de los monstruos de armario tienen su origen en la comodidad de un diván
propio. Pero a veces no es suficiente. Esa función no deja de ser una brillante
interpretación donde poder envolver el hedor de las heridas que vuelve a
supurar tras años de buena cicatrización.
Días convertidos en un poema de Bukowski.
Crudos como devorar un corazón crudo recién arrancado, palpitante de
una realidad que siempre termina por alcanzarnos. Nunca seremos más rápido que el tiempo ni más inteligentes que el
pasado, cuesta creerlo, incluso se siente la necesidad de revelarse contra la
verdad.
Sin embargo a veces es mejor dejar que la sangre limpie las heridas y
permitir que el aire las vuelva a cerrar hasta el siguiente asalto. El secreto
es no engañarse al pensar que el olvido hará que nunca regresen, para eso
tendría que dejar de lado la esencia de dejar el boli sobre la mesa y
divorciarme de los folios en blanco.
Ese sería el mayor de los engaños.
Por eso prefiero sufrir estos días y desear que sirvan para forjar el carácter de personas ajenas.
El tumulto que se ha motivado por ciento cuarenta
caracteres es algo que roza el esperpento digno del circo con forma de estado
donde nos ha tocado vivir. Partiendo de la base que esas frases son ofensivas,
fuera de lugar y sin duda censurables, no dejan de ser palabras estúpidas en
una red social con alma de judas.
Las palabras siguen siendo palabras.
Esa es la realidad, no tiene más recorrido, simples
palabras que ni están cargadas de explosivos ni son armas que las gaviotas
intentan estirar cual chicle. Son comentarios personales, igual que aquellos
que pueden salir a la calle a celebrar una dictadura con miles de muertos a sus
espaldas, igual que esas mismas juventudes de los azules, pueden levantar la
mano en señal fascista.
No todo son virtudes en la democracia.
Porque la vida no es perfecta, las personas tampoco
lo son y me parece tan sumamente estúpido rasgarse las vestiduras por esto,
como que los comedores de los colegios queden cerrados, que los enfermos se
mueran en listas de espera interminables o que el único futuro que quede es
coger una maleta.
Al menos seamos serios.
Todo tiene su espacio y la verdad es que el de los
últimos años está podrido, es mejor encerrar a un cantante por sus palabras que
a un político por robar durante veinte años. El miedo que pensemos es el miedo
más potente, el miedo al comunismo, a los Soviets, ese miedo a que los
políticos tengan que hablar entre ellos.
El miedo a tener que pactar para conseguir gobernar…sacrilegio.
Detalles que pueden llevar a pensar que la democracia
no es democracia sino es para los que roban, andan con narcotraficantes o
siquiera tienen la decencia de otorgar el bastón de mando pero no pierden ni un
instante a destruir hasta el papel del váter. Es curioso. Tal vez la democracia
que nos vendieron, esa envuelta en una Constitución que ya nació repleta de
errores consentidos y rezumando caducidad, es la pelota de un niño rico que se
la lleva cuando no le gusta el juego.
Si queréis ver este doble rasero no tenéis más que
ver una prueba os invito a mirar, solo a los que tengáis el estómago
suficiente,cualquiera de las
declaraciones del portavoz de las gaviotas.
Una última cosa….
…Me pregunto si es menos reprobable que un presidente
del gobierno, que cuando unos dibujantes fueron asesinados por la estupidez del
fanatismo, lideró una manifestación para conseguir una foto sobre la libertad
de expresión, puede negarse a reunirse con una fuerza política legal.
Lo dicho, o se le llama democrácia con sonrisa estúpida o eres un comunista, antisistema, el hijo de satán convertido en humano para la destrucción del ser humano.
El abandono de este pequeño lugar ha sido por un viaje a otros renglones,
unos que durante años han estado creciendo en la parte menos vaga de mi
cerebro. Ahí nació hace muchas noches el Nunca Jamás, un lugar anclado en la
fantasía pero con la sombra de la realidad en el suelo.
Tal vez llevo demasiado tiempo pisando el suelo de la ciudad, tanto que
la inocencia ha claudicado ante la creatividad crítica, donde la marcha de la
felicidad forzada, salió por la ventana para dejar paso a los personajes
oscuros. Hijos bastados que a veces intento no querer demasiado y otras
directamente los odio por el mero hecho del miedo a saber que son míos.
Pequeños retazos de algo revuelto y deformado de algún recuerdo pasado, rostros
olvidados en camas vacías, cuando el amor era sinónimo de sexo y la
culpabilidad volvía con los primeros rayos del sol.
El ego de querer un reconocimiento aunque sea vano, de focos y sueños
atados a las palabras de un libro con problemas de identidad. El lugar donde esconder el
agrio sabor de ver como las flores cada vez crecen en la inmundicia de todo un
sistema prohibido, donde el ladrón siempre tiene una carta para salir de
prisión. Envenenados por los ojos con el virus de una insensibilidad social que
se impregna cada vez más en lo hondo de la moral, esa mirada al ombligo propio
con tanta insistencia, que ni siquiera parecen importarnos el llanto ajeno.
Somos culpables y de mi culpabilidad nacieron las líneas por las que
abandone este pequeño espacio personal. Estos actores de teatro de roja telón
son la personificación de los pecados escondidos, aquí, entre la memoria y el
corazón, donde la única invariabilidad que me sirve de ancla es la nicotina de
mis dedos.
El amarillo ha sido sin duda el color más fiel.
Así pues hasta aquí he llegado, a mano entre dos amantes, estas líneas y
mi amadamente odiado Medianoche, ambas sabedoras que la fidelidad de los dedos
es inversamente proporcional a lo que los ojos vean, el cerebro procese y la
conciencia me vuelva a convertir en un ser indignado o un judas, ladrón de una
historia ajena para moldear un poco más a alguno de los hijos bastardos de esta
mente, simple y sin otra pretensión, que el aprecio de aquellos lectores de
distancias cortas.
Uno de los mayores pecados del ser humano es creerse conocedor de una
razón universal que nos mueve e incita para que realicemos grandes cosas.
Marcar la huella. Convertirnos en alguien con la suficiente importancia como
para que el tiempo no nos devore a base de olvido.
La realidad reside en los pequeños detalles.
Esos momentos en los que sin hacer nada realmente épico te hace sentir
genial.
Es ver una película o dos en buena compañía entre una pareja que acoge a
este Vasco con los brazos abiertos, entre monos gigantes y Xenomorphos,
disfrutando de algún exorcismo que otro, aliñado con un fantasma con instinto
maternal, que hacen que las vacaciones sirvan exactamente para pulsar el
interruptor de desconexión.
Es volver a ver a ese dibujante cuya cabeza está repleta de mundos
surrealistas, únicos y tan genuinos que te instan a volver a golpear teclas
para darles vida.
Días de dar trabajo a los pulmones, brindar con el amigo Jackie y comer
con la satisfacción de esas cosas que se hacen “con cariño”
La verdad es que son esos instantes los que te ayudan a comprender que tu
puzle nunca estuvo incompleto sino con las piezas desperdigadas. Una en el
norte. Otra en el Este y la última en la capital, todas importantes, ni más ni
menos, simplemente únicas e irrepetibles como para perder el miedo a sentir de
nuevo.
Es una decisión.
Tal vez esas tres piezas me han ayudado a saber que la cuarta siempre
estuvo allí.
Tapada por los miedos y sumergidas en pensamientos de un futuro que lo
único que hace es atenazar el presente, ahogándolo, evitando que sirva como
excusa para disfrutar del momento sin buscar otra cosa que la tranquilidad de
la verdad.
La culpa fue siempre mía, tal vez incluso se le puede llegar a llamar
infección, un virus que pillé a través de las historias que escribí aquí. Esas
de finales épicos o amores atormentados entre dos mares, como un velero a la
deriva, buscando la necesidad de llenar un vacío que nunca estuvo allí. Una
necesidad a superar las perdidas. La autodestrucción de alguien con afán por
inmolarse contra el sol, de ahogarse en el espacio por querer tocar la luna o
ser tragado por un agujero negro cuando buscaba la estrella más brillante.
Utópicos deseos de alguien que ha vuelto a aprender a mirar al suelo.
Es en la tierra donde esta lo verdaderamente único, lo ves en una pareja
que se quiere sin necesidad de grandes alardes, no…no lo ves, lo sientes cuando
estas a su lado. Un buen aprendizaje para volver a la rutina, con treinta y
cuatro, habiendo superado la edad de ese salvador, pero sin la necesidad de
obrar milagros.
Sin la necesidad de andar sobre las aguas.
Simplemente con ganas de seguir caminando sobre la tierra, sorteando los charcos de la complejidad ajena, deseoso de saltar sobre la claridad propia. La simplicidad de estar al lado de quien quiera que estés, sin necesidad de frases caducas, ni lo políticamente correcto o lo humanamente posible. La belleza de lo imperfecto y la sabiduría de disfrutar de lo realmente importante.
Esa simplicidad infinita de los pequeños detalles.
Esta es la historia de un divorcio intermitente con la almohada, noches de viento y nubes veloces que pasan a través de las pupilas.
Viajeras amantes del no hacer nada como forma de vida, bebedoras de miserias y sueños, sin importarlas si son perdidos o cumplidos.
La esencia nacida en el recuerdo de un detalle, una imagen salpicada con miles de palabras escondidos en la esencia humana.
El recordar lo bueno para sobrevivir a lo malo. Esa pequeña verdad de carretera a la que los menos osados intentamos aferrarnos con uñas y dientes, sabemos que nos equivocamos, el pasado generalmente no trae consuelo sino heridas abiertas pero no nos importa.
La sangre siempre es excitante.
El rojo nunca será un mal color para asociarlo a esos momentos, la esencia, el saber que todo tiene un motivo o un porque, que cuando nuestro cuerpo no quiere descansar no es por mero capricho sino porque algo nos corroe la mente.
Una idea, un pensamiento o simplemente un sentimiento atravesado.
Cualquier cosa puede servir para no poder apagar el interruptor y dejar de permitir que siga robándole horas a un reloj, que parece haberse parado en las cuatro de la mañana.
Es cuando te sientes sucio como un político.
Soberbio como una camarera que creyó ser estrella.
Triste como una anciana perseguida como la memoria.
Tantas vida que intentan salir fuera, tantos detalles que a veces no quieren dejar descansar a la cabeza que han ocupado, es entonces cuando aquellos que se consideran sabios, deberían escuchar lo que les quieran contar y con un poco de suerte, solo si ellos quieren, hacer que esos pequeños pensamientos inconexos viajen hasta un folio en blanco.
Es curioso como un dolor físico puede terminar
arreglando otro psicológico, extraño como sonreír con los ojos y sin embargo
ambos totalmente posibles. Es la voz de la experiencia sumergida bajo
cicatrices de golpes, resbalones y algún que otro fallo de cálculo al tirarte a
piscinas vacías.
Ese sueño utópico de subir una escalera infinita para
querer bajar la luna como prueba de vida está genial con los veinte, pero cuando
el tres ya comienza a rozar el ecuador camino del cuatro, las cosas son mucho
más simples.
El romanticismo por ejemplo, no es algo que se pueda
alimentar del pasado sino que se trata algo vivo, una evolución que comienza por quererse
a uno mismo. Sabiendo que se tienen virtudes y defectos más que de sobra,
comprendiendo que en el fondo, la gente que te acompaña en el camino son las
que realmente hay que disfrutarlas. Personas que nunca te ponen a prueba, te
siguen o comparten parte de las locuras que asolan tu cabeza las noches de
lluvia y tormentos.
Esa es la base bajo la que cimentar la verdad.
No me refiero a nada romántico estrictamente en la
palabra, no me gusta, siento que esa definición edulcorada y repleta de clichés
de Hollywood es lo peor que le ha podido pasar al ser humano… vale el Requetón
va primero…pero en esencia ambos se nutren de la misma infección. La necesidad
de encontrar príncipes o princesas que nos salven de nuestros propios miedos y
nos hagan adictas a las perdices.
Gilipolleces.
La verdad es que incluso me he sorprendido como con
la edad veo todo más claro y aguanto menos los ahora si pero no. Será que empiezo a entrenar para convertirme en
un viejo calvo cascarrabias de pelos en las orejas y cara de Buldog Francés,
aunque en realidad, el aguante nunca fue una de mis mayores virtudes. Lo sé. Quien me conoce habrá que tenido que sufrir
alguno de mis episodios locos a lo Living
la vida que ha terminado poniendo el suelo en el techo y el techo en el
suelo.
Sin embargo por primera vez no me arrepiento de
ellos.
Tan solo recuerdo que en esa época el límite de lo
correcto rozaba lo Bizarro, tan necesitado de buscar un lugar cuando el mundo
se hunde, que tome la vía del suicidio emocional arrastrando a los demás, tahúr
de noche y penitente de día, entre promesas de no volver a caer en ese juego de
buscar una media naranja y terminar comiendo limones, mandarinas, peras o
fresas.
Fue una gran mentira…pero que cojones…fue realmente
divertido.
Esa locura de la cual ahora hay unos frutos realmente
increíbles, personas de esas que ya han visto lo peor de ti, en unos años que
ni tú mismo te reconocías en el espejo y a pesar de ello, siguen ahí. Guerra a
guerra. Salpicados a veces con la decepción, otras con la ilusión absorbente
que sé que destilo por los poros de la piel cuando algo realmente me emociona,
lo sé, comprendo que me gusta tener esos pequeños detalles entre el café de la
mañana y los buenos días antes de coger el metro como tesorillos invaluables.
A veces soy tan ciego.
He tenido que pasar una infección, el viaje a ninguna
parte del Nolotil y una simple visita de unos días para comprender la fortuna
que me rodea. No es que nunca lo haya valorado, si navegáis entre este caótico
mar de líneas veréis que hay muchas de ellas dedicadas a esas personas. Pero
esta es más personal, pecando de vanidad y culpable de un ego inflado he de
admitir que gracias a ese colchón emocional puedo ser directo con otras
personas que nunca me hicieron bien, tal vez fuera divertido e incluso en algún
caso realmente satisfactorio tanto en vertical como en horizontal, pero para
nada sano.
Así pues prefiero cerrar las puertas que no me importan
a patadas sin la balsámica cháchara de lo políticamente correcto y centrarme en
seguir cimentando aquellas relaciones que me llenan como persona, me hacen
crecer como creador y me enseñan a no tener que recordar esa divertidos años en
los que quizás…y que quede claro solo quizás…viví dando demasiado trabajo al
cuerpo y algún que otro órgano interno.
Todo el mundo que practica el peligroso juego de la
creación tiene la apuesta casi segura de caerse en los agujeros de la propia
mente. Lugares imaginarios que son pequeños y fácilmente de esquivar o enormes
como edificios dependiendo del estado emocional, entorno o simplemente haber
dormido mal un par de noches. Cualquier cosa por insignificante puede llegar a
influir en ello, estúpidos instantes para los afables devoradores de televisión
que pueden llegar a ser mortales para el uso del ordenador para algo menos
lúdico.
Son una mierda.
Los bloqueos creativos pueden ser incluso positivos,
pero cuando se tratan de lingüísticos la cosa puede llegar a ser desesperante.
Es como si un disléxico, daltónico y
polígonero se apoderase de tu masa gris, el vecino pesado o esa chica
que quiere cuando no y cuando quieres tu ella no. Las salsas de la vida. Salsas
agrias y pasadas en una nevera sin refrigerar que lejos de resultar apetecibles
te revuelven las tripas, intoxicándote con las dudas mientras piensas que ni
siquiera sabes si el libro va a terminar de cuadrar.
Incógnitas donde se pierden capítulos, rebuscados en
un disco duro tan desordenado como el armario o la cabeza. Lo pones del derecho
y después del revés, una y otra vez, hasta que comprendes que el triángulo de
las Bermudas es ahora cuadrado y lo tienes justo sobre las piernas.
Tanto terminas adorando la inspiración como aborreces
la calma chicha, ese ansia viva por terminar el dichoso capitulo, no por el
mero placer de hacerlo sino por querer ver si aún conservas la frescura del
principio. La osadía del relato corto convertido en ensayo y madurado como un
maldito libro, uno que como con las arrugas, no paras de ver defectos
propiciados por el excesivo manoseo.
Hiperventilas.
Cierras los ojos.
Buscas el paquete de tabaco prometiéndote que lo vas
a dejar de una vez por todas.
Y te enciendes un cigarrito.
El humo hace que todo vuelva a fluir… no sabes si
bien o mal… pero al menos fluye.