El abandono de este pequeño lugar ha sido por un viaje a otros renglones,
unos que durante años han estado creciendo en la parte menos vaga de mi
cerebro. Ahí nació hace muchas noches el Nunca Jamás, un lugar anclado en la
fantasía pero con la sombra de la realidad en el suelo.
Tal vez llevo demasiado tiempo pisando el suelo de la ciudad, tanto que
la inocencia ha claudicado ante la creatividad crítica, donde la marcha de la
felicidad forzada, salió por la ventana para dejar paso a los personajes
oscuros. Hijos bastados que a veces intento no querer demasiado y otras
directamente los odio por el mero hecho del miedo a saber que son míos.
Pequeños retazos de algo revuelto y deformado de algún recuerdo pasado, rostros
olvidados en camas vacías, cuando el amor era sinónimo de sexo y la
culpabilidad volvía con los primeros rayos del sol.
Somos culpables y de mi culpabilidad nacieron las líneas por las que
abandone este pequeño espacio personal. Estos actores de teatro de roja telón
son la personificación de los pecados escondidos, aquí, entre la memoria y el
corazón, donde la única invariabilidad que me sirve de ancla es la nicotina de
mis dedos.
El amarillo ha sido sin duda el color más fiel.
Así pues hasta aquí he llegado, a mano entre dos amantes, estas líneas y
mi amadamente odiado Medianoche, ambas sabedoras que la fidelidad de los dedos
es inversamente proporcional a lo que los ojos vean, el cerebro procese y la
conciencia me vuelva a convertir en un ser indignado o un judas, ladrón de una
historia ajena para moldear un poco más a alguno de los hijos bastardos de esta
mente, simple y sin otra pretensión, que el aprecio de aquellos lectores de
distancias cortas.
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