11/24/2014

BALONES FUERA

No soy fanático del futbol, cada año un poco menos desde que veo a los pega-patadas en calzoncillos en las marquesinas de autobuses. Me parece de locos. Esa euforia colectiva alzando a gente egocéntrica, sin otro léxico que los tópicos del deporte de élite y fracaso escolar. La necesidad del individuo frente al grupo, los problemas o cualquier realidad lejos de un campo con forma de coliseo romano, donde paradójicamente, los nobles saltan al césped y los pobres abarrotan las gradas.
Sin importar que el mundo se desmorone bajo sus pies bañados en oro.
Para la supervivencia humana, siempre habrá excepciones, St Pauli por ejemplo, un club que sacó de sus gradas el racismo y el machismo, donde cada quince días un partido no se limita al futbol sino un cantico continúo por la igualdad.
Pero no voy a hablar de alemanes.
Hoy quiero hablar del equipo de Madrid, el único que aún puede tener ese título, ni vikingos ni indios, los únicos que pueden ser son Bucaneros. El pequeño de los tres, ese que lejos de la galaxia de estrellas, se han mantenido en el mundo terrenal para comprender que la humildad los hace grandes. Enormes. Un rayo de esperanza para una anciana desahuciada sin ningún tipo de humanidad y que ellos han decidido no cerrar los ojos, dar un paso adelante y hacer lo que un Estado de corruptos no ha querido ni mover un dedo y sacarles los colores rojos y azules. 
A fin de cuentas todos piensan en el verde o el negro en su defecto si son en tarjetas.
Ahora los payasos de la tele dicen que le buscarán una casa.
Ahora que saben que les puede costar más votos.
Esos mismos que no intentan perderse ni un partido en los palcos de los otros dos “grandes” equipos, lejos de ese calor que un barrio obrero ofrece, lejos de Vallecas, un lugar que sabe que es la solidaridad a pesar de tener poco que ofrecer pero que ha enseñado tanto a un mundo de luces y folclore.

Envidia sana deberíamos tener de no tener un equipo como el Rayo Vallecano cerca de nuestras casas y vergüenza ajena que no existan más como ellos.


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9/23/2014

ESCUCHAR EN CASO DE EMERGENCIA

Los regresos  suelen ser duros, esas rutinas que todos conocemos y deseamos que nos los cambien seis dichosos números que por supuesto nunca son los tuyos. Una pérdida de dinero en un saco con la palabra sueño escrita y un enorme agujero en el fondo, no es para nada un plan brillante, tanto que sería mucho más sencillo secuestrar a cierto perro millonario.
Entre estos desvaríos te levantas con las legañas bien situadas, deseoso de poder tener una pistola para vaciar un cargador en el maldito despertador o al menos una bala personal para terminar con la tortura. Inicio poco halagüeño pero que no es sino el empujón de salida entre el frío y el calor del agua de una ducha que parece ser demasiado bipolar para las siete de la mañana.
Mucha cafeína por vena es la primera brillante idea, pero ni siquiera el café sabe así, la maldita cafetera no es sino una imitación barata de esa que es capaz de llenar vasos tamaño cubata. Otro recuerdo que no ayuda a coger la mochila, el tapper y la bolsa repleta de ropa brillante para parecer un emigrante autóctono, desganado ante la barrera del metro, tanto que ni siquiera intentas correr hacia el vagón cuando le ves llegar a la estación, bajo la creencia que seguramente no lo cojas.
La ironía fina hace que por primera vez lo hubieras cogido a cambio de un sprint.
Tres minutos arriba no llevan a ningún lado, así que esperas paciente entres bostezos mientras miras las vías como las vacas miran al tren. Es mejor mantener el pensamiento bajo control, no gusta que la inventiva intente funcionar en ese estado, es mejor matar ideas antes siquiera que se formen en la cabeza.
Esos pensamientos son peligrosos porque a veces te provocan tener que escribirlos en papel.
En vez de eso observar sin mirar a la gente, absortos en sus micros universos de mensajes de texto virtual o prensa gratuita de papel tangible repleto de tinta. Un conjunto que oscila entre cualquier tonalidad de gris, bonito color para esta villa escondida en la piel de ciudad, con sus cláxones. Atascos salpicados con las gotas que caen suicidas del cielo para terminar haciéndose añicos contra la parte de tu cabeza que ha perdido la batalla contra la calvicie.
Lo siguiente son dos golpes en el pecho para comprobar si aún hay alguien viviendo allí, no es una solución, pero salir a las calles de la ciudad suelen ser bueno para combatir esa mezcla de polución externa y nicotina propia. Es la manera castiza de arreglar cualquier cosa, un par de ostias, una bonita manera de recordar eso que la letra con sangre entra.
Hemoglobina perdida entre las venas congeladas de un Martes con la careta de ser el Lunes más hijoputa de la historia, bueno tal vez no tanto, quizás solo sea el peor de las últimas décadas…lustros…años…meses…semanas...
Arropado por la desazón girar la llave del contacto del coche, solo para comprobar que alguna torturadora indirecta, ha dejado puesto a esos cuarenta principales del hemisferio sur. Como una de las plagas apocalíptica se escurren por los altavoces en busca de la producción de una otitis crónica, haciéndome olvidar si acabo de llegar a Hollywood o simplemente hemos decidido que la definición de música se ha convertido en algo sexista, sin alma y sin ganan de sentir lo que se canta.
Ese es el momento que te apetece provocar un autosuicidio propio.
Entre gasolinas, gustos de nalgas y demás lindezas que algunos osan llamar como letras, recuerdo que la salvación esta tan cerca como el bolsillo de mi pantalón. Mi fiel escudero con forma de reproductor de música espera a su Don Quijote, no le decepciono, atándole cual embrión al cordón umbilical del coche para que me salve de los molinos. No falla. Nunca se ha equivocado a la hora de salpicarme de notas musicales el cerebro, sabiendo que la mejor cura para este tipo de mal es una buena locura transitoria.
Tan solo necesito ocho minutos y catorce segundos de terapia.
Quien ha conseguido traspasar mis barreras personales sabe que una de las intimidades que más me gusta compartir es la melodía, una canción que defina a cada relación, ya sea truculenta, divertida o íntima. Es mi pequeña debilidad. El deseo de cerrar los ojos y montar a piezas un todo, sintiendo las palabras hasta que se convierten en verso o los sonidos en melodía. Poco supera la exigencia de ese deseo, canciones que retuercen cosas que creí rectas o deshacen entuertos diarios como el de hoy.
Es difícil de explicar pero fácil de reconocer cuando se siente, tan sencillo como sentir el deseo de vocear cual loco subido a su colina, denudo de cualquier piel manchada de contaminación ajena a lo personal. Dibujando la sonrisa pirata con barba ermitaño mientras sortear los coches a golpes arrítmicos en el volante, sin mirar el tiempo, deseando que ese instante dure toda una eternidad o al menos unas cuantas horas.
Dura ocho minutos y catorce segundos.

Lo suficiente para arreglar el día.  

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9/18/2014

UNA SIMPLE MALETA DE MANO

Siempre existe una necesidad de desconectarte de la realidad, bajo la protección de una maleta y las ganas de simplemente estar en otro sitio. Son periodos de desintoxicación emocional o cansancio, donde prima lo diferente frente a la monotonía.
Pongamos que hablo de Madrid.
La ciudad del caos y los cláxones o como decía la gran canción de Sabina, donde la muerte viaja en ambulancias blancas. Edificios que te ahogan, que en cuanto llegas y brotas de las entrañas de la estación de autobuses, el calor te golpea para darte la bienvenida. No parece un buen lugar para pasar unos días y sin embargo se puede convertir en un lugar especial si encuentras la mejor compañía.
El secreto para poder llevarte bien con una ciudad tan loca es simple, debes de estarlo tu también y si de paso te marca el camino una tarada de vocación, en cuya locura reside su genialidad, el resultado puede ser cuanto menos inesperado. Una mezcla ideal entre lugares imposibles como bares en la sexta planta de un edificio de viviendas, o una antigua taberna por la que tienes que pasar debajo de la barra para sentirte como un mafioso. Las historias que esconden esos muros son cuanto menos increíbles, crónicas de un tiempo pasado, donde las ricas amputaban manos a sus hijas difuntas, las monjas las poseía el demonio o los extraterrestres hacían viajes asiduos a la orilla del Manzanares.
Mención especial se merece Pildoritas y su estrepitoso fallo a la hora de robar un tren, eso si, con huida en taxi incluida.
La ciudad reconvertida, esa escondida que ni la inutilidad de sus dirigentes podrá jamás hundir puesto que incluso la basura se convierte en música, los desechos en instrumentos y las pequeñas grandes personas que pueblan las calles, la melodía idónea para servirte de alimento con disfraz de robo, para usar una parte de las vivencias acumuladas en beneficio de crear personajes que intentes escaparse de las letras impresas en una hoja en blanco.
Por otro lado es cierto que hay que innovar pero a la par no olvidarse de las tradiciones, esas de narices rojas acompañadas de la estupidez mas estúpida. Cambiar una carretera de Centro America por una autovía de la España profunda, entre buitres y camiones asesinos, buscando una visión propia y sin duda distorsionada de siglos de historia. La mezcla idónea entre muros y acueductos, pasando por la poca pericia a la hora de no golpearte con techos bajos o compartir una amena charla salpicada del frikismo mas sano.
La guinda resulto estar al Este, el lugar donde descansan mis sueños, donde por alguna extraña e inexplicable razón, siempre consigo que la inspiración vuelva tras su exilio forzado. Es esa mezcla de buena compañía y una mano increíble para la buena comida, de sentirte valiente para ver películas de miedo o charlar sin importar la hora que marca el reloj, es esa sensación de sentirte en equilibrio. El sabor en el paladar de lo placentero de poder encajar en un dúplex estilo el camarote de los hermanos Marx, donde la genialidad despistada habita abajo y el pequeño santuario que me aporta calma arriba.
Observar los ojos ajenos devorando las líneas propias, con el nerviosismo del momento al querer y desear que ese alimento le guste, como un chef con un comensal realmente importante, impaciente, teniendo que necesitar toda la fuerza de voluntad para no desvelarle nada antes de tiempo.
Una sonrisa de satisfacción.
El simple gesto dibujado en los labios vale más que cualquier palabra y esa presión al lanzar el ultimo abrazo, te hace comprender que al igual que en las otras pequeñas etapas, esas son las personas que quieres a tu lado.
Es el secreto del loco y la genialidad del tonto.
Una simple ecuación que te hace comprender la única verdad absoluta sobre lo insignificante que son en realidad los lugares del mundo, cuyo mayor tesoro, siempre será las personas que los habitan.



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8/08/2014

PASADA LA MEDIANOCHE EN NUNCA JAMÁS

Cuando el insomnio llama hay que aprender a utilizarlo en tu favor, regla básica de supervivencia para locos creadores y demás especies nocturnas que escapan de la razón de lo cotidiano. El resto de los mortales no busquéis ninguna explicación, los que lo han entendido a la primera que sigan escribiendo porque entenderán las siguientes frases.
Esos enemigos de dioses del sueño y reyes de colchón de pluma que pueden vivir a base de nicotina y cafés tamaño industrial cuando sientes que las neuronas están de su lado. Aves nocturnas que dan rienda a sus pasiones, de carne o mente sin importar que el despertador probablemente los asesine dentro de pocas horas, sin necesidad de resoplar preguntando el motivo de la carencia de sueño sino buscando una manera de combatir la guerra perdida al descanso.
Un secreto.
Al menos en mi caso me suele dar igual que me miren raro cuando digo que he dormido menos horas que los dedos que tengo en una mano, sobre todo porque al sacrificar unos cuantos minutos, suele ser por la mera excitación de estar acabando un puzzle de palabras que ya dura tres años. Es simplemente emoción sin filtros. Esa sensación de ver el final de una historia que nació con el dolor y la decepción de un proyecto que se nos fue de las manos y al que vendimos parte de la salud, es dejar las aglomeraciones de ojos y centrarse en un pequeño publico selectivo para hacerles partícipes de este plan desordenado. Es sentir como subes y bajas con los sentimientos de unos personajes que no existen en realidad y al mismo tiempo son tan reales como pequeñas partes de uno mismo.
Un galimatías que muchas veces te hace dudar quien manda a quien.
Es sin duda saber haber despertado la curiosidad en la gente y disfrutar con sus opiniones salpicados de consejos, a veces sin que ellos mismos se den cuenta, para poder llevar a buen puerto la historia de un teatro contada de una manera tan atípica que a veces puede llegar a rozar la locura del autor. Pero solo hace eso. Arañar la superficie de lo que ahora mismo estoy sintiendo, esa satisfacción de ver una genialidad hecha dibujo en forma de visión satírica de lo que para mí sería Nunca Jamás. Un antro donde poder escupir entre relatos a los personajes de los cuentos infantiles pasados por la batidora de mi cabeza, es simplemente odiosamente divertido, sentir ese juego de tira y afloja entre un bar del surrealismo y un teatro salpicado de oscura realidad.
Tranquila/o sino lo entiendes, con un poco de fortuna podría ser que en el futuro lo entiendas.
El resto, aquellos que lo entiendes deciros que a pesar de pensar realmente que no llegaría para Septiembre a terminarlo, me he vuelto a sorprender a mí mismo y mis sesiones de evasión del sueño tecleando como un adicto, no por las ganas de terminarlo sino por verlo tan claro que me parecería un insulto no verlo.
Eso sí, sigo sin tener ni puta idea si ya he perdido el mando de todo esto.

  

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EL VICIO DE VOLVER AL CHANDAL DE FELPA

Es curioso la manera que los años nos vuelve nostálgicos y nos da por querer recuperar los momentos de la memoria de hace tantos años. Creo que es algo intrínseco a la propia naturaleza humana que al pasar la barrera de la treintena, nos fustigamos con esos recuerdos de los años que no había más de dos cadenas en la televisión.
En otras palabras las quedadas con los que fueron tus compañeros de colegio.
Es una mezcla de divertida tragicomedia, donde en el fondo, no nos mueve otra cosa que la dichosa vanidad de ver si nuestra vida ha sido más completa que la de ellos. Es una competición salpicada de anécdotas y las odiosas fotos ochenteras, esas repletas de chándales de felpa y estilismo que ahora sería valorado por cualquier Hipster que se precie.
No es que esté en contra de ellas ni mucho menos, simplemente que me parece querer remar contracorriente sin necesidad. Es rememorar historias a veces ridículas, otras divertidas o incluso algunas que puedan abrir viejas heridas, no suele ser habitual, sobre todo cuando has hecho terapia de choque contra la vergüenza a base de viajar por el mundo con una nariz de payaso.
Todas ellas empiezan igual.
El reencuentro quince años después para ver si la edad, las canas o la calvicie te han tratado mejor que al resto, deseos disfrazado de sonrientes apretones de manos, donde todos esperan ver aparecer a los más populares de la clase convertidos en poco más que despojos humanos.
La crueldad en estado puro.
Luego vienen las anécdotas y sobretodo el desconocimiento de los nombres de los que están allí si la reunión es de todo un curso, no por olvido, simplemente porque durante tantos años de tu vida han pasado demasiadas personas como para poder haber almacenado detalles de cada uno de ellos.
Luego vienen los silencios.
Es algo lógico dado que realmente te has juntado con una panda de desconocidos que o bien quieren contar sus vidas o bien deciden permanecer en silencio ante la idea de no necesitar hablar sobre ellos, palabras vacías, que por lo general vienen acompañadas de futuras promesas de nuevas quedadas que por lo general se evaporaran con el paso del tiempo.
Sin embargo con eso saciamos la curiosidad y podemos volver a casa satisfechos de ver que no somos los que peor estamos.
La realidad es mucho más simple que todo eso.
La distancia que ejercemos sobre las personas siempre es voluntaria, es una elección propia que nos hace crecer como personas, nos rodeamos de la gente que nos llena y seguimos caminando. Paso a paso. Viendo por ejemplo a quien desde hace dieciocho años es mi mejor amigo casarse el año pasado o teniendo preparadas unas vacaciones de okupa en casa de la gente que me aporta las fuerzas para seguir haciendo lo que tanto me gusta.
Tal vez por eso no entienda nunca esas reuniones o cenas, seguramente es mi parte egoísta alimentada por la propia vanidad, que me empuja a intentar aprovechar el máximo tiempo que puedo con esas personas y dejar a las demás en simples recuerdos borrosos diluidos en la memoria.
   


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8/04/2014

LA BANAL REALIDAD DE LA NECESIDAD

Cada cierto tiempo me pongo a pensar demasiado, un defecto de fábrica, que termina por hacerme comprender que a veces tendría que haber tomado otro camino. El remordimiento que siempre va intrínseco a la toma de decisiones, la paradoja de darle demasiado a la cabeza tras haber aprendido a cerrar entre las costillas en el corazón. Una cicatriz del pecho que forja a cada uno de nosotros sumergiéndonos en la duda si realmente te gusta lo que haces o llegará a servir para algo.
Son los momentos narcisista.
Todo nace entre las notas de la banda sonora que nos acompaña como ADN a lo largo de nuestras vidas, la mía nunca pudo haber sido lineal, un continuo naufragio entre la chulería de un Loco y la dulce traición de aquel que con voz quebrada siempre camino por las calles de luces de neón.
Son los momentos de duda.
Es esa necesidad de crear algo único, sin fecha de caducidad, golpeando las teclas como una imitación descolorida de un desgarrador poema de Bukowski, sucio y directo, bordeando la realidad hasta desnudar el alma más dura. Genios. Personas que consiguen entrar en la gente que sabe escuchar y produce la envidia ante la creación, pensando que son las mismas letras que miras en el teclado pero sin esa esencia.
Son los momentos que te asomas al abismo.
La duda nace de lo simple, esa necesidad de buscar un público a quien dirigir los aullidos inconexos, buscar a personas que puedan sentir lo que transmites, aunque a veces sea desconcertante y otras, roce el caos. Desnudándote. La manera de vivir una pasión que nunca será lo suficientemente lineal para no meterte en el fango.

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7/21/2014

CURVA CERRADA!!

Las líneas rectas no suelen ser la tónica habitual de ninguna existencia, una cosa que suele ser buena para romper la monotonía pero que a veces termina por ser una sucesión de hechos digno de un Sketch de los Monty Python.  Es cosa curiosa. Durante una década de tu vida no coges un coche y en unos meses comienzas a conducir toda una jornada laboral diaria, es como eso que sino quieres taza toma dos tazas.
O más bien todo el puchero.
No es que me desagrade ponerme al volante, simplemente que nunca lo había necesitado de manera real, así que cuando me ofrecieron ponerme al volante de un flamante mini Toyota no lo dude. Bueno si un poco, lo justo que duró la idea de tener que recorrer la ciudad cuesta arriba y cuesta abajo.
Así que puestos tras el volante me doy cuenta del significado de una jungla de cristal, dejando de lado los tópicos de los taxistas avariciosos de carriles o los autobuses abusones que no saben el significado del pedal de freno, la fauna que queda es aún muy amplia. La oleada de niños, ahora de periodo vacacional pero el resto de año cual marabunta saliendo en tropel del colegio, osados enanos, sin miedo ante los coches. Tampoco nos vamos a engañar. Al crecer no es que mejoren mucho, entre los abducidos por el móvil, aquellos sordos con su propia música o los aguerridos viejillos, el cupo está mas que compensados.
Estos últimos son los verdaderos putos amos de las calles.
Como ejemplo la regla aritmética que cuanto peor anden y necesiten bastones para dar sus pasitos, más tardan en comenzar a cruzar, esperando incluso hasta el último parpadeo del hombrecillo verde para iniciar la marcha. Eso los que entienden que los pasos de cebra no están electrificados, uno de cada diez, uno arriba uno abajo, el resto prefieren la aventura de salir a la calzada donde les venga en gana, cuanto menos visibilidad mejor.
En fin como prometí a mi copiloto esta canción ahí va, como dice el Loko vámonos a LA y por supuesto en Cadillac en vez de Toyota, aunque sea de segunda mano.





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SOLAMENTE UNA PIEZA...