La promesa es una peligrosa arma que se suele
utilizar de manera aleatoria y sin ningún tipo de control. Esa necesidad de
complacer los oídos ajenos bajo la carencia total de cualquier responsabilidad,
nos mueve lo básico, desde el orgullo hasta el miedo de decir una verdad
incómoda.
Incluso eso es asumible.
Sin embargo cuando la promesa se utiliza de manera
racional, con una razón medida y un fin
que para nada es aleatorio, es cuando todo se vuelve sucio como agua turbia. El
canto de sirenas ante el cual nos incitan a olvidar lo ocurrido durante años,
ese narcótico que entra por las retinas de manera casi obscena, bajo promesas
de vidas mejores o sueños cumplidos con aroma de colonias caras. La necesidad
de asociarnos a algo o alguien, buscar un rostro famoso y tener que convertirlo
cercano, tanto como que los vean haciendo hechos mundanos como andar por la calle
o comprar en un mercado.
Este año la navidad se adelantará.
El olvido de la miseria vendrá días antes que los
regalos, todo por pedirnos un cacho de papel con más poder del que creemos. Ese
es el gran truco de los tahúres, la necesidad de mantenernos borregos y sin
tener porque cuestionarnos nada, sordos y ciegos, valedores de búsquedas de héroes
humanos cuyas miserias intelectuales se suplen con poderío físico.
Cuerpos perfectos atados a esferas de cuero o simples
anónimos sedientos por la gula de comerse los focos televisivos. Mentes
imperfectas. Desequilibrio de una generación cuya perdición no está llevada por
una aguja sino por el narcisismo, la falta de intimidad que nos lleva a violar
nuestros propios recuerdos por busca la aceptación de alguien que en la mayoría
de las veces ni siquiera podemos ponerles rostros.
Nos hemos convertido en esclavos de nuestras propias
torres de babel.
Ayer quise escribir esta entrada en caliente pero una
parte de mí me lo impidió, preferí dejar de leer las noticias, irme a la cama y
dejarla fraguar en mi cabeza en un intento por entender lo absurdo.
Esa es la palabra absurdo.
Partiendo de la base que destrozar cientos de
familias por cualquier razón, es cuanto menos la mayor vergüenza de la raza
humana, creo que tendemos a centrarnos en solo una parte de un cuadro sangriento
que se ha convertido en un círculo viciado repleto de sufrimiento. El asesinato
no debería tener cabida en ninguna de las situaciones, la muerte debería ser
una lucha, pelear por buscar una calidad de vida mejor para la humanidad en vez
de encontrar la manera de acortarla. Hoy es Francia la que llora y la cercanía
hace que la solidaridad sea más expresiva gracias a la televisión o internet,
el dolor es global, pero tras sobreponerse a la herida tan profunda y
sangrienta, lo realmente importante es la cicatriz. Esa marca que debería
hacernos valorar algo más profundo y no quedarnos en el hecho que la culpa de
todo lo tiene un ser invisible.
Hay que diferenciar entre la razón y la
justificación.
La justificación es la manera de poder hacer
barbaridades sin necesidad de tener moral y no tener que pensar en la realidad
de una acción salvaje. Siglos utilizando ese sistema desde que desde este lado
del mundo mandábamos caballeros a hacer cruzadas hacia los infieles, es
importante recordarlo, porque el problema es que miramos el presente con horror
y tendemos a olvidar el pasado. Uno sangriento bajo el que se esconde la
verdadera razón por la que hoy Paris llora, el dinero, todo gira en torno al
poder y la avaricia de unos pocos para el sufrimiento del resto.
Paris es hoy pero en Siria siguen sangrando víctimas,
es por estos asesinos que los padres se tiran al mar con sus hijos, niños como
ese que terminó muerto en una playa y revolvió durante unos segundos la
conciencia general. Pero después de él ha habido muchos más niños y nosotros
seguimos viviendo hasta que nos golpea cerca, Siria solo es un punto, en el
mundo hay decenas de espacios en conflictos continuos donde la gente sufre y
nosotros ni siquiera sentimos simpatía con las victimas.
Trafico de personas, asesinatos o violaciones.
Permitimos que gran parte de este planeta viva en la
miseria, permitimos que nos chantajeen con el petróleo o el gas, dejando que la
vida humana valga diferente dependiendo del lado del mundo donde se vive. Esta
es nuestra libertad. El miedo siempre como compañero por no haber sabido
entender que lo diferente nunca es malo sino productivo, es jodido pensar que
podemos ser tan sumamente egocéntricos, buscando una justificación a algo que
no lo tiene y sin valorar que no tenemos ninguna culpa.
El primer paso es saber que el odio solo generara
fanatismo.
Las posibles represalias solo creará mas víctimas, no
digo que no se persiga a los culpables, a esos seres hay que darlos caza como
los monstruos que son, de eso no tenemos ninguna duda nadie, pero aparte de
ello hay que comenzar a ser globales. Pensar como sociedad y saber que muchos
de estos descerebrados no son sino producto de una sociedad desigual, nacidos
en nuestras propias calles, metidos en guetos y al margen a pesar de vivir a
pocos metros de nosotros. La justificación buscada en que ellos no se quieren
integrar es vacía, tenemos un problema de diferenciación entre ellos y
nosotros, cuando la única diferencia que debería existir es entre asesinos y
gente de bien.
Alimentamos odio, nos da miedo y ello nos lleva hoy a
llorar a cientos de víctimas en Francia pero olvidando las miles del mundo. Hay
que quemar las banderas, incluso las ideas sin un argumento real o hacer perder
privilegios a quienes se esconden tras religiones, solo existe una cosa clara,
la única verdad absoluta bajo la que nos regimos cada una de las personas que
vivimos y tendemos a destruir este mundo que no es nuestro, sino que estamos de
prestado.
Cuando las cosas no acaban de asentarse suele tener
demasiado tiempo para pensar entre las trincheras, esas que formamos en la
cabeza para evitar caer en barrancos tan cercanos a veces los perdemos de
vista. La tendencia de perder la objetividad en favor del narcisismo que nos
envuelven en los buenos momentos, esos que nos ayudan a sonreír los lunes de
noviembre a pleno sol.
Anhelo de levantarte sin muchas ganas colgarte de los
cascos y buscar algo de ruido para conseguir un ritmo arrítmico que te hace
moverte al son del primer café. La calle sigue siendo igual, repleta de esa
monotonía que como un familiar pesado, no puedes deshacerte de ella a pesar de
desear estar en cualquier otro sitio. Los lugares que siembran la memoria, entre
tangos y falta de relojes, mirando alrededor como un niño en una tienda de
golosinas el día de navidad.
Sin embargo como descubrir que los reyes son los
padres o unos tíos que viven gracias al esfuerzo ajeno, la realidad saluda a
golpes de claxon y ascensores repletos de gente con la misma cara de póker.
Miradas hundidas en las pantallas de sus teléfonos o simplemente perdidos en
pensamientos sobre el programa que vieron antes de irse a la cama, simplezas
dentro de la complejidad del ser humano, evitado por gran parte de las personas
a base de desconectar el celebro y encender la televisión. Días en los que las
miserias acaban sumergidas entre carreras de ricos montados en motos o goles de
millonarios con aires de equilibristas, gritos de deporte que hace que acallen
las deficiencias morales, esas que los políticos pueden alardear de ser una
basura despreciable por no dejar que los vivos entierren a los muertos.
Muertos injustos productos de un pasado ruin que los
motores y las pelotas parecen haber vuelto a olvidar de nuevo, injusto insulto
a la inteligencia, la dulzura de las notas de una canción que sin éxito intentó
superar a una casa repleta de cámaras y analfabetos.
La realidad termina por desinflarte.
Las guitarras aceleradas dan paso al llegar a casa a
la calma de unas notas acústicas y una voz algo rota, calmada, deseando
saborear ese instante como la traición a la promesa de no volver a querer a la
nicotina.
Solo un instante para cerrar los ojos y disfrutar de
no pensar en el pasado o imaginar un futuro teñido del rojo de un carmín anhelado pero desconocido. La simpleza de un presente de menos de cuatro minutos de la mas absoluta nada.
Aquí estamos y seguro que te estás pensando lo que ha
cambiado todo en apenas unos miles de años, apenas un bostezo si lo comparamos
con nuestra vida o quizás lo veas mejor como una de esas jodidas resacas de
chupitos de tequila y malas decisiones. La verdad que si fuésemos un poquito
críticos, seguramente pensaríamos que te estas arrepintiendo por habernos
dejado bajar del árbol.
Tanto que hasta hacemos que te calentemos.
Algunos pensarán que es debido a la belleza absoluta
del ser humano, es que somos la puta maravilla que pisa tu tierra, al menos eso
es lo que sentimos cuando cogemos y matamos lo que nos viene en gana. Eso te
calienta. Parece excitarte hasta el punto que subes unos graditos cada añito,
nos pone ponerte, darte lo tuyo a base de reventar la selva o joder el hielo de
los polos como si se tratasen de Gin-tonics fresquitos.
Desde el fuego o la rueda, nos hemos ido creciendo
hasta convertir lo tuyo en nuestro y olvidar que nunca estuviste casada con la
raza humana. Ni siquiera el mayor de los narcisistas puede obviar eso cuando te
mosqueas y terminan poniendo todo patas arriba, lástima que seamos de memoria frágil,
estúpidos llorones de lágrima tan fácil como rapidez para escribir unas
condolencias que se nos olvidarán tras cuatro me gusta.
Seguro que habrás pensado en haber evolucionado a los
caracoles, al menos ellos te acabarían jodiendo mucho más despacio, porque
tienes que reconocernos que cuando cogemos carrerilla no hay quien nos pare.
Hemos esprintado en los últimos años lo que no habíamos hecho en milenios,
aunque tenías que haberte imaginado algo, a fin de cuentas en cuanto lo pudimos
ponerle los cuernos a la madre naturaleza con seres incorpóreos.
Evolución natural contra Religión.
Menuda pelea montamos y tal vez así fue donde nos comenzaron
a perder la poca cordura que nos quedaba dentro de la sesera, entre cruces y
medialunas, terminamos por convertir lo tangible en intocable y justificar
cualquier barbaridad. Un lio. Resumiendo que comenzamos a jodernos los unos a
los otros sin vaselina ni palabras bonitas. Nuestra esencia.
Si nos matamos, violamos, secuestramos o convertimos
a otros semejantes en esclavos, es difícil que respetemos a lo que no se nos
parece. El género o el color son suficiente como para olvidar lo que nos hace
humano, llamarnos bestias sería un insulto a los pobres animales salvajes, si
hay que definirlo de alguna manera sería mejor gilipollas. Entre telebasura y
comida rápida nuestra existencia se ha convertido en una monótona manera de
pincharte un poquito más con cada día, una urbanización jodiendo un parque
natural aquí o una desforestación allá,
nada parece hacernos lo suficientemente feliz o sacia nuestras ansias de
grandeza.
El viaje que comienza en las guerras donde millones
de vidas se pierden, fanatismo o poder a partes iguales, todo con tal de
conseguir un trozo más de tierra o algún bien que robarte en pos de la riqueza
de un imperio. Las grandes escalas que se pueden resumir cuando lo llevamos a
un plano más personal, ciudades nacidas para y por el consumo, devoradoras de
cualquiera buena idea para transformarlas en aberraciones que vuelven lo
especialmente único en algo vulgarmente peligroso. Los hay que se salvan,
genios que salen por pura probabilidad y revisten de buenas ideas la
existencia, intentonas de encauzar un camino que parece abocado al más terrible
de los fracasos. Algunos hace siglos otros décadas
pero intentado demostrarte que tal vez no seamos tan sumamente rancio. Lamentablemente somos de vicio fácil, llamase tabaco o realities repletos de vulgaridad,
necesitamos esa sangre ajena o sentirnos tan fuerte que nada puedas hacer en
nuestra contra, patalea, grita o chilla podremos con todo, somos los dueños y
señores de esto lo que una vez fue tuyo.
Aunque quieras tirarnos el meteorito que acabó con
los dinosaurios nosotros te mandaremos a Bruce Willis, porque somos invencibles…al
menos eso creemos hasta ese día que te mosqueas un poquito, nos enseñas los
dientes y tras agitarte una mínima parte nos pones patas arriba.
Sin embargo un día después se nos volverá a olvidar.
Habernos hecho más inteligente o al menos con un poco
más de razón y si aún así te sigues quejando pues ya sabes, cuando nos mandes a nosotros a tomar por culo evoluciona a los caracoles, seguro que al menos te duran un poco más de tiempo.
Si os a quedado duda Steve Cutts os lo explica un poquito mejor...
Leia Mais…
Los últimos días la vergüenza es una buena síntesis de
lo que vemos a través de la televisión, lo peor es como ocurre siempre,
comenzamos a perder la capacidad de sorprendernos a las pocas horas. Ante
nuestros ojos está ocurriendo un éxodo moderno, millones de personas
desplazadas de toda una vida, arrebatadas de sueños y sabedoras que tal vez
nunca vuelvan a ver esa tierra que el pasado fue considerado una patria.
Creo que tal saturación de imágenes de hombres,
mujeres y niños caminando sin importar la hora del día, nos termina por hacernos
perder la objetividad del asunto. La excesiva gravedad del conjunto sesga lo
aterrador que supone individualizar a cada una de esas personas, con sueños o
futuros, sacrificados por el miedo a perder lo único que les queda.
La vida.
El hecho que no entendamos eso nos convierte en
verdaderos analfabetos emocionales, ellos no buscan un futuro mejor o una
manera de mejorar hasta llegar a la plena autorrealización. El error es verlos
como simples inmigrantes de boina y maleta al hombro o equipararlos a nosotros
a la hora de tener que abandonar su país, la diferencia, es que cuando cada una
de esas personas tomó la decisión de echar a andar, la esperanza de regresar
desapareció por completo.
Dejar atrás el hogar es una decisión que tal vez solo
el miedo pueda conseguirlo. Es un terror racional y palpable, es el abrazo de
la muerte y las balas, esa radicalidad que convierte algo que debería ser bueno
como la fe, en la peor arma de destrucción masiva del mundo. Ese miedo se
alimenta de más miedo, miedo a no dejarles entrar, miedo a mirar para otro lado
y levantar barreras bajo el lema de no poder ayudar más que a unos pocos.
El ser humano se mueve por la memoria selectiva, más
y más frágil, según se va hacia el norte.
Por mucho que cerremos los ojos o cambiemos de canal,
ese problema no desaparecerá, ni otros dejarán de ahogarse en las heladas aguas
o muriendo de inanición. La solución no parte en pensar que eso nos atañe porque
ese ha sido el mayor error que siempre hemos cometido, ese deseo de cerrar
fuerte los ojos y pensar que todo irá genial. Pero no es así. Mientras nos
preocupemos de seguir viviendo por encima de nuestras posibilidades como
sanguijuelas que chupan al otro medio país, esta enfermedad no hará sino agravarse,
a cada segundo o cada puerta cerrada hará que el miedo se haga más fuerte.
El miedo que creará desesperanza y terminará en
fanatismo.
Porque no todo el mundo que empuña un arma es un
fanático, ahí es donde reside la gran mentira, la mayoría de ellos son víctimas
de la locura ajena. Coartados o amenazados para emprender una guerra santa,
para matar o ver como sus familias son asesinadas, no debemos caer en la
tentación de confundir los bandos. Aquí los buenos o malos no se rigen por
nacionalidades o creencias, sino por dinero o poder, porque aunque no queramos
admitirlo cada uno de nosotros hemos fomentado en silencio ese miedo.
Con cada compra, cada deseo o capricho a favor de las
grandes empresas, con cada voz callada o depravada posesión de un país, nos
hacemos cómplices, permitimos que ese miedo mute y se convierta en hambre y
desigualdad, dejamos que se robe dignidad a países o no se permita educar a los
niños. No olvidemos que los radicalismos nacen de la desigualdad y el
analfabetismo, si privamos al ser humano de pensar por sí mismo, lo convertimos
en una marioneta.
Así que solo pido que cada vez que volváis a ver una
imagen como esta, reflexiones un segundo en cada rostro, pensar que cada una de
esas miradas tienen una vida detrás arrancada, mutilada y sin otra cosa que la
propia supervivencia para poder llegar a buscar un incierto futuro. No son números.
Ni siquiera son simples víctimas, son personas, con nombres y apellidos a los
que les estamos ninguneando y cuya única ayuda que se nos ocurre es decirles
que aquí no pueden quedarse.
Tal vez sea hora que pensemos en no dejar morir al
sur y resucitarlo, ayudarle a caminar y permitir que crezca, porque como
finalmente termine de pudrirse, creo que no hay que ser vidente para saber con
certeza, que la gangrena, no se parará en el Mediterráneo.
Como cualquier final la nostalgia suele atrapar a
todo aquel que hace algo con una fecha de caducidad. Las historias lo tienen,
proyectos que nacen como unas ideas locas e inconexas, retos a lo personal en
los que lentamente los empiezas a hinchar a base de vivencias. Personajes
ajenos que se convierten en tan íntimos que a veces terminas perdiendo el norte
y te hundes en el sur de los deseos. Anhelos de sentir lo que ellos sienten,
disfrutar de los momentos buenos e íntimos creados de tus propios deseos y que
casi como por arte de magia, crees encontrándotelo de bruces en la realidad.
El deseo de
encontrar una felicidad.
Sin embargo toda ficción se golpea con la realidad,
revolcándote en quimeras y sintiendo que la verdad suele estar lejos de lo
épico. Es cuando lo comprendes, entiendes que ahí reside lo especial de las líneas
que esconde Nunca Jamás, no es magia, simplemente realidad con tildes de
ficción repletos de sombras personales.
Es una sensación agridulce.
Ves el final cerca, aún le queda mucho que retocar
y saber que la mejor de las editoras está a mi lado me calma, pero la historia
está ahí, limitada con ese punto final y un nombre como última palabra. El misterio
de la protagonista desnuda, como si tratase de un macabro juego, donde la
demagogia, el sexo y la sinrazón esperan su turno para subirse al escenario.
Hacer bailar a una decena de figuras ha sido
divertido.
Cansadamente ameno, una rutina que me ha ayudado a
mantener una calma equilibrada. No es un secreto que escribir me ha ayudado
durante años, una armadura como otra cualquiera, cuya única finalidad era
mantener todo dentro de la tranquilidad. La traición suele causar este tipo de
situaciones, con un poco de suerte, termina por crear algo productivo.
Por eso siempre que llega al final sientes el
vacío.
El momento que una de mis frases preferidas cobran
sentido al desear que lo bueno dure para siempre y sin embargo, dura lo que
tiene que durar. Generalmente más de lo debido. Lo suficiente como para pensar
en que ya no tienes nada que ofrecer cuando esto llegue a su fin y casi
permitiendo que la desidia se apodere de cualquier atisbo de creatividad.
Demasiado parecido a la realidad, donde la ilusión momentánea de lo
desconocido, comienza a diluirse según pasan los días.
El secreto es cambiar de rumbo.
Bajar el telón cuanto antes y permitir que los
nuevos actores ocupen las tablas, ni siquiera tienen que ser noveles, viejos
conocidos de años de tormentas deseosos por regresar ahora que todo está en
calma. Es la facilidad de bailar entre el pasado y convertirlo en presente de
nuevo o dar por finalizados presentes sin ningún futuros, sin planes a largo
plazo, mas lejos de una borrachera de jueves y un viaje al centro.
Sensaciones que te hacen volver a encender las
máquinas, pensando que tal vez lo que ofreces es importante, lo suficiente como
para terminar siendo un testigo de excepción en uno de los días únicos de una
gran amiga.
Detalles que hacen todo más fácil.
Tanto que sin quererlo un nuevo título se dibuja
como si fuera iluminado por neón, una sola palabra que resumen lo que quieres
que sea una novela negra, con una policía llevada al límite por un viejo
conocido.
Las crisis de identidad asociadas a la edad suelen
ser una mierda sino eres millonario. Los mortales de jornadas de lunes a
viernes no podemos hacernos arreglillos a base de bisturí o comprarnos un
deportivo rojo, algunos nos conformamos con esto, unas líneas en un blog que
viendo como van las cosas dentro de poco también nos lo quitarán.
Es lo que tiene vivir en una libertad en diferido y
sin ningún tipo de otra expresión que la propia represión. Pero todo viene de lo
que nos hemos con
vertido, meras hormonas andantes de sesiones de sudor y posado
delante de espejos, dejando de lado el valor de la decisión por mala que fuera.
No voy a entrar en la espiral que cualquier tiempo
pasado fue mejor porque sonaría demasiado viejo, caduco y sin ningún tipo de
objetividad, dado que todos pensamos que nuestra generación fue la ostia. Eso
no impida que me pregunte donde quedaron esas noches, no las encuentro, me
cuesta identificar las calles que durante años anduve, cuando ir vestido de
gato pardo no era una obligación sino una razón.
Vivir desacompasado como un japonés en mitad de una
tribu a pies del Kilimanjaro, carente del ritmo y sin conocer la mitad de la
música que te taladra los oídos a través de los altavoces de esas, Txoznas –
tropicales - Reketoneras. Ritmo al compás de la lucha de Alphas con escotes más
prominentes que el de sus novias y esa mirada perdona vidas, que antes hubiera
desembocado en una bronca de bar y lanzamiento olímpico a la ría. La
competición absoluta por ser el más gracioso o el más estúpido, aquel que
llegue más lejos sin importar las consecuencias creyendo que lo han inventado
todo.
La diferencia esencial radica en que antes cuando rozábamos
la estupidez no teníamos un móvil para grabar las pruebas del delito. Lo
divertido es que todos hemos pasado lo legal o rozar la locura, hemos desatado
la pasión en unos baños de bar o cantado encima de un escenario con tanto
alcohol en la sangre, que la vergüenza da paso a un destrozo total de una
melodía.
Tal vez ahora el ibuprofeno sea la mejor amante que
nos podemos agenciar una noche de pasada de frenada, seguramente no logremos
tener tantos seguidores en redes sociales o podamos ver nuestras estupideces
una y otra grabación en bucle, quizás por eso las hace más únicas, simples
recuerdos que contar entre cervezas cuando te reúnes entre sillas de siguiente
generación.
Algunos tenemos esa pequeña alergia a las camisas o
la necesidad de abrazar a Peter Pan como tara divertida, pero nos sobraba la
clase, esa de la calle donde había respeto al pasado de las agujas y veíamos el
futuro sin necesidad de destacar como el que más sino de hacer únicos cada
momento.