Cuando las cosas no acaban de asentarse suele tener
demasiado tiempo para pensar entre las trincheras, esas que formamos en la
cabeza para evitar caer en barrancos tan cercanos a veces los perdemos de
vista. La tendencia de perder la objetividad en favor del narcisismo que nos
envuelven en los buenos momentos, esos que nos ayudan a sonreír los lunes de
noviembre a pleno sol.
Anhelo de levantarte sin muchas ganas colgarte de los
cascos y buscar algo de ruido para conseguir un ritmo arrítmico que te hace
moverte al son del primer café. La calle sigue siendo igual, repleta de esa
monotonía que como un familiar pesado, no puedes deshacerte de ella a pesar de
desear estar en cualquier otro sitio. Los lugares que siembran la memoria, entre
tangos y falta de relojes, mirando alrededor como un niño en una tienda de
golosinas el día de navidad.
Muertos injustos productos de un pasado ruin que los
motores y las pelotas parecen haber vuelto a olvidar de nuevo, injusto insulto
a la inteligencia, la dulzura de las notas de una canción que sin éxito intentó
superar a una casa repleta de cámaras y analfabetos.
La realidad termina por desinflarte.
Las guitarras aceleradas dan paso al llegar a casa a
la calma de unas notas acústicas y una voz algo rota, calmada, deseando
saborear ese instante como la traición a la promesa de no volver a querer a la
nicotina.
Solo un instante para cerrar los ojos y disfrutar de
no pensar en el pasado o imaginar un futuro teñido del rojo de un carmín anhelado pero desconocido. La simpleza de un presente de menos de cuatro minutos de la mas absoluta nada.
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