Esta vez el abandono a este espacio íntimo con nocturnidad y
alevosía tiene una buena razón, sin duda premeditada, pero para intentar
convertir en realidad algo que hasta hace poco me había resignado a convertirlo
en utopía. Lo confieso. Soy culpable de parecer un gato pardo en busca del amor
de la luna mas perra, ese deseo que ha terminado por dirigir mis pasos hacia el
Este, sin brujas o zapatos rojos, pero en una oportunidad.
En el suelo no había baldosas amarillas, tan solo una brújula
personal con la piel bañada por el agua del Mediterráneo y cuya magia ha hecho
esto posible.
He de confesar que llene la maleta sin mucha esperanza.
Las experiencias pasadas quedan en la memoria como
cicatrices invisibles, marcas de egos desmedidos, promesas etílicas olvidadas
en la sobriedad o cabecitas locas repletas de pájaros.
Nada mas lejos de la realidad.
Es fascinante ver como esas personas salpican lienzos con
colores asegurándote que una mancha verde terminará siendo un una mesa de café con
sus respectivas sillas. Tu escepticismo te hace dudar de ello. Pero la mancha
se convierte con la punta del pincel en esa mesa y como si de un ilusionista
dispuesto a mostrarte su último truco, terminas por descubrir que prefiere que
se convierta en un columpio.
No puedes evitar quedarte boquiabierto ante tal genialidad.
Me recuerda a esas leyendas que se cuentan sobre los
guitarristas de blues que venden su alma en un cruce de caminos. Ese don innato
nacido en las puntas de los dedos para crear algo donde un segundo antes no
había nada.
Parafraseando a Robe, la masa social adormecida, seguramente
lo tachase de demente o ajeno a esa realidad social que ellos consideran “buen
ciudadano”. Estúpidos ignorantes. Ciegos ante como los bocetos de un simple
cuaderno pueden despertar una imaginación que tenía de vacaciones, líneas que
cuentan una historia sobre una sociedad decadente, que un Punki intentaría
hacerla despertar de su decadencia únicamente con la melodía de su flauta.
Ese fue el objetivo de mi huida con retorno, salpicada a
medio trayecto por la voracidad de esa bestia sin corazón llamada asfalto, ese
asesino ajeno a la felicidad, que puedan terminar un futuro en un abrir y
cerrar de ojos. Cuando pega su dentellada cerca te hace pensar, valorar a esas
personas desconocidas, que te abren la puerta de su casa como si hubieras
estado ahí siempre. Compartiendo unas horas. Navegando entre música y cine
hasta llegar al epicentro de ese sitio donde los colores dibujan palabras y las
palabras crean colores. No sé cuanto durara ni a donde me conducirá ese nuevo
camino (seguro que no será Kansas) pero bajo la ilusión de un niño al encontrar
al menos esa posibilidad de convertir una idea en realidad.
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